CUENTO
UN
HOMBRE EN El INFIERNO
WALTER
ALBERTO RUIZ NIETO
Jesús
Guerrero despertó sobresaltado. En sus sueños más
plácidos y profundos sonaban siempre los tres
despertadores, que siempre programaba para las seis de la
mañana. Los colocaba lejos de su cama porque de otra
forma los apagaba y seguí a durmiendo. Varias veces
había estado a punto de perder su empleo en el
supermercado por llegar tarde. Los apagó uno a uno.
Corrió las viejas cortinas y observó la calle
solitaria. El viento soplaba fuerte contra la ventana y
provocaba silbidos que le recordaron las películas de
Drácula con Christopher Lee.
Algunas
hojas de periódico se deslizaban a lo largo de la calle,
como fantasmas huyendo de la luz del día. Santafé de
Bogotá despertaba otra vez con sus calles metálicas.
Rostros impenetrables empezaron a recorrer sus avenidas.
En un rincón, unos niños dormitaban acompañados de sus
perros. Jesús cerró la ventana, entró al baño y se
quitó la pijama. Observó un reflejo de pesadumbre en el
espejo y comprendió que tenía de nuevo en frente su
realidad: trabajar por un sueldo que apenas alcanzaba
para sus gastos y enfrentar una ciudad que lo devoraba a
plazos. Recordó a su amiga Beatriz cuando le aconsejó
que fuera positivo desde las primeras horas de la
mañana: "Sonríe, la vida es bella, eres joven,
tienes salud, trabajo y un techo donde meter la cabeza.
Sé feliz, muñeco". La vió alejarse después en su
carro último modelo.
Jesús
Guerrero salió a trabajar muy obediente: sonrió, silbó
y se dijo a si mismo, "-soy joven, tengo salud,
trabajo y un techo donde meter la cabeza, soy feliz,
feliz."
Poco
le duró la felicidad. Los buses pasaban sin parar, el
reloj marcaba y marcaba y su angustia crecía.
Además
de preocuparse por el bus que esperaba, debía estar
prevenido contra los ladrones que acechaban como
águilas. Por fin uno se detuvo para dejar un pasajero y
él aprovechó para colgarse, sin importarle la lluvia,
ni los otros buses que pasaban casi arrancándolo de un
tirón, no importaba que le hubieran robado el sueldo y
arrebatado su único reloj y que incluso hubiera estado
en el hospital debido a caídas sufridas por causa del
sobrecupo. Tenía juventud, salud, trabajo y un techo
donde meter la cabeza, ¡ah¡ y era feliz, feliz. ¿Acaso
podía pedir más?
Y
de pronto, ¡milagro! aparecieron los buses ejecutivos:
sin sobrecupo, cómodos, elegantes, donde no se sube sino
"la gente bien", según decía su amiga
Beatriz. Y sí, aunque valían el doble, ahora iba
cómodo y hasta podía dormir un rato. Se sentía un
Gentleman.
-Muñeco,
te cuento que es casi como ir en un avión, te lo digo
"yo", tu amiga Beatriz, que los he montado
mucho, ¿sabes? Le dijo orgullosa su amiga Beatriz.
Al
principio se sintió como en un avión, aunque nunca
había montado en uno y ya iba a cumplir 35 años.
Ni
el mismo podía creerlo. Su mal genio en el trabajo
cambió, la vida le pareció más bella y sus angustias
en la mañana terminaron.
Pero
pronto las cosas empezaron a cambiar. Primero llegaron
los cantantes, los poetas y los guitarristas. El arte se
apoderó de los buses ejecutivos.
Después
empezaron a llegar los vendedores ambulantes: galletas,
bombones, libros, agujas, hilos, artesanías, joyas, etc.
Por
último llegaron los niños, los expresidiarios, los
enfermos, los mutilados, los locos, los violadores, los
asesinos y los atracadores. Para completar su pesadilla,
las sillas estaban más angostas, más pegadas unas a
otras y lo peor para Jesús Guerrero, la pesada cruz del
sobrecupo.
-Es
como un monstruo que me atormenta de día y me devora en
la noche. -le decía al psicólogo de la Empresa todas
las mañanas cuando se lo encontraba en la cafetería.
Pronto
volvió a ser el mismo en el trabajo, huraño, agresivo,
violento y amargado.
"Un
completo hijo de puta, " decían sus compañeros de
trabajo.
Su
amiga Beatriz le preguntaba. "Cariño, ¿por qué
has cambiado tanto, si estabas hecho un amor?
Cada
día cuando Jesús llegaba al trabajo, el tiempo le
parecía eterno. Esperaba el turno de marcar tarjeta,
como un condenado a muerte. Sentía que había nacido en
un mundo equivocado, en un cuerpo equivocado, en un
tiempo equivocado.
Pero
todo tiene un final, y el momento de su libertad llegaba.
Marcó
su tarjeta, salió a la calle, recordó a su amiga
Beatriz, sonrió y pensó: "Tal vez uno de estos
días me llamen de alguno de los tres bancos donde abrí
mis cuentas de ahorros y me digan que soy el ganador de
la rifa de los 120 millones de pesos del mes. Entonces
podré irme de este puto país de mierda y no volver
jamás". Y así soñando y silbando, Jesús guerrero
se perdió entre la multitud.


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