CUENTO
Dile que me morí de
vieja
"Dile
que... me morí de vieja". Y estoy esperando con el
lápiz sostenido a una cierta distancia sobre el papel,
mirándola fijamente con la esperanza de ver alguna
señal de retractación, aguardando que ella corrija la
fórmula de introducción de la carta. Ella se da cuenta
de mi vacilación. "Eso mismo. Díle que me morí de
vieja". Ella permanece inmóvil en la vieja mecedora
de mimbre mientras medita y pesa cada palabra antes de
dictarla. "Tal vez con esa frase logre deshelarle
ese corazón de mármol". Yo me apresto a
transcribir la frase cuando me interrumpe. "No
pongas esto". No lo transcribo y quedamos en
silencio, ella meditativa, yo expectante. "Dile que
tengo noventa años, con un pie en la iglesia y el otro
en el cementerio, y el corazón con él. Ya no veo casi
nada, sólo masas, masas grandes y amorfas rodeadas de
sombras; tengo telarañas creciendo en los ojos. Dile que
no recuerdo muy bien cómo es su cara; debe de haberse
cambiado mucho y no lo reconocería aunque no fuera
cegata...". Una larga pausa, un suspiro profundo,
otra pausa corta. "No escribas esto. Tengo que
tratar de revolver el recuerdo para ver si encuentro algo
útil para poner en esta última carta, porque tú te vas
pronto y no habrá quien me haga otras líneas. Aquel
domingo por la noche llegó corriendo a casa, casi sin
aliento; tenía mucha prisa porque se embarcaba al alba.
Tendría unos veintitrés años bien cumplidos y un
sueño loco mal guardado. Dijo que quería escaparse del
servicio militar. Yo me opuse tajantemente a su
decisión, sin embargo él estaba dispuesto contra viento
y marea a dejar atrás mujer, hijos y madre, y esa noche
se embarcó al silencio. Prometió escribir y enviarme
muchas cosas, promesa que cumplía sagradamente al
comienzo de su ausencia, luego lo hacía de cuando en
cuando, y ahora, nada. Nada. Dile... me sobresaltó
por estar concentrado en el relato y distraído en sus
gestos dignos de lástima. que su hijo mayor
contrajo matrimonio, que el otro ya se fue de casa como
él. Dile que la casa se me está cayendo encima, está
podrida la madera y el techo gotea; cuando llueve duermo
de pie en el rincón donde él tenía su cama, si aún lo
recuerda; que los lagartos anidan en la almohada donde
pongo la cabeza, el verano sol, el invierno lluvia...
dile que estoy decrépita, ya no soy la madre grande y
fuerte que cargaba con los tres hermanos cruzando el
arroyo para llevarlos a la escuela. Tiene que venir a
yerme, me va a encontrar como una ciruela pasa llena de
canas y caspas". Trato de moderar la expresión,
ella ve que yo vacilo. "Dile eso mismo". Sin
arrepentimiento lo escribo. "Pregúntale qué le he
hecho para merecer tanto olvido. Todavía tengo limpia mi
conciencia de buena madre. He perdido todo menos eso.
Recuérdale que también le fui un padre tierno. Madre,
padre y mártir en una sola víctima; sí, mártir del
recuerdo, del sufrimiento, de la espera. Díle que nunca
le pude presentar a su padre sino por vagas
descripciones, no porque no lo conociera, sino que la
voluntad de Dios me lo impidió". Hace una pausa
larga mientras mira lejos sobre el mar como si escrutara
los arrecifes lejanos para señalar algo, pero ya no ve
nada. Yo la miro callada y fijamente; veo en los bordes
de sus ojos, por entre las pestañas canosas dos gotitas
de lágrimas empezar a descender lentamente. Hay una
pausa larga.
"No
escribas esto. Su padre salió una noche a
pescar. Soplaba el viento del norte; yo
dormía y soñé
con él, cosa rara en ese tiempo. En el sueño escuché
el ruido acostumbrado de los canaletes al ser descargados
encima del techo de zinc de la cisterna, abrí la ventana
y allí estaba él parado en el patio, vestía un viejo
pantalón de paño negro y una camisa escocesa roja,
estaba descalzo, con la cara pálida y triste, y flotando
a media yarda sobre el suelo. Me desperté a la deriva en
un sudor espeso, y delirando de pesadilla. Me costó
tiempo y trabajo llegar a acertar si fue un sueño o si
fue de verdad que lo había visto y oído todo, luego me
quedé acostada, temblando y así permanecí hasta el
amanecer, pensando en él, esperándolo a sabiendas de
que no volvería, y desde aquel día, aguardando sin
esperar a nadie, y cuando los hijos crecieron yo nunca
encontré la forma de juntar las palabras para decirles
cómo era su padre. Sólo pude decirles que él era bueno
y los quería á todos... Aquí todo llega por mar y por
mar se va".
"Dile que
si cree en Dios, por favor venga a verme, no por mí,
sino por él. Que todos mis hermanos y hermanas se han
muerto, los nietos se fueron de casa y me he quedado
completamente sola en este mundo poblado de sombras; ya
no me acuerdo de casi nada, a veces me paso la noche
entera buscando a tientas la cajita de fósforos para
encender la linterna de queroseno, me voy tropezando con
sillas, mesas, camas, y luego de la búsqueda infructuosa
me acuesto en la oscuridad para darme cuenta sólo al
día siguiente de que durante todo ese tiempo la tenía
crispada en la mano. También estoy perdiendo la cabeza,
confundo nombres con fechas y números con lugares. Dile
que... anoche vino, su padre detengo el lápiz y la
veo dormitando dile que vino su padre con los
canaletes al hombro y los sedales en la mano y los puso
encima de la cisterna; llegó empapado y se metió en mi
cama debajo de la cobija, dijo que tenía frío y sueño,
se sentía solo. Preguntá por qué no has venido aún.
Los dos queremos verte, pero mucho. Dile que el pastor de
la escuela dominical pregunta por él, que repase las
lecciones, que venga con los zapatos embolados...".
La despierto de sus sargazos de delirio con el fin de
avisarle de la terminación de la carta. Abre los ojos y
asiente con un movimiento de cabeza sin mirarme. Comienzo
a escribir el sobre y veo que ella llora en silencio, sus
dedos tiemblan sobre los brazos de la mecedora. Doblo el
pliego de papel en cuatro, lo meto en el sobre y cuando
procedo a cerrarlo ella me interrumpe con sus sobresaltos
y su gesto consternado:
"Se me
olvidó algo. Dile que me morí de vieja". "No
se te olvidó le digo cariñosamente con eso
mismo empezamos la carta".
Providencia
Isla, Colombia, 11 de marzo de 1975.
"Se me
olvidó algo. Díle que me morí de vieja". No se te
olvidó le digo cariñosamente- con eso mismo
empezamos la carta.
Providencia
Isla, Colombia, 11 de marzo de 1975.
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Lenito
Robinson -Bent, el autor
del relato que publicamos hoy en Cuentos y cuentistas
colombianos, es un ciudadano de la Divina Providencia, la
isla colombiana que aún conserva el esplendor del
paraíso que perdieron ya casi todas las islas y en
general los lugares de este complicado mundo.
Hasta los 18
años, cuando terminó el bachillerato, vivió allí.
Pero como no podía continuar sus estudios
universitarios, optó por una beca que consiguió en
Tunja, una de las ciudades más frías en cuanto a clima
se refiere,pero poblada por estudiantes que le otorgan un
calor singular en medio del ambiente pacato y moralista
que aún respira como herencia de las viejas
generaciones. Allí aprendió a hablar el español, se
enamoró y se casó con tunjana. Tienen una hija.
Luego se fue a
París, con otra beca, y comenzó un peregrinaje por el
mundo real del planeta y el fantástico de la literatura.
Escribe con igual propiedad en inglés, francés y
español. En sus cuentos y novelas ha fundado un mundo
profundamente azul, legendario, ensoñador y cautivante
como su isla nativa. Hoy vive en Canadá, en donde
enseña literatura y aprende cada día más del frío de
la tierra y el calor de los seres humanos que como él
han hecho de la palabra su materia prima. El cuento que
publicamos aquí, fue uno de sus primeros pasos como
escritor, en 1975. Pertenece al libro "Sobre nupcias
y ausencias", publicado por la Fundación Simón y
Lola Guberek.


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