LA PALABRA, OBRA

POR: Luis Alberto Díaz Martínez

En el principio fue la luz; también ahora y siempre. Es decir, la palabra. Puesto que cada ser, cada cosa, sólo existe realmente cuando se le nombra, la palabra es identidad, constata la existencia y la reafirma.
Es origen y testimonio. Da fe y anima. Es  evolución.
Por eso en todo tiempo y lugar la palabra es el soporte, la razón,
los motivos y las consecuencias de cada hecho, de sus protagonistas. Y a tal
punto que sin proponérselo se impone como la explicación suprema. Hasta
se vuelve objeto de adoración pues nada sucede sin su aquiescencia.
Sólo así se explica la diversidad de su naturaleza y también su complejidad. La palabra, auténtica materia prima de cuanto existe, es clara y nítida, pero también confusa y críptica. Su maleabilidad multiforme hace posible las tantas maneras de acercamiento e integración con nuestra esencia y nuestro entorno. Principio de comunicación y entendimiento, su apariencia y hondura conducen la certeza de entregarle a la vida estímulos plenos para el disfrute de cuanto somos.
Con lo cual, dedicarse a la palabra, convertirse en su artífice o su cultor, moldeándola para formar e informar, crear y recrear la experiencia del conocimiento, de la sensibilidad, es a la vez un goce y un privilegio, tan básico y definitivo como aquel otro disfrute que hace posible convocarlo desde el acaso para propiciar la descendencia.
Porque al tiempo que la palabra alivia o cura, en todo caso equilibra, restaura la normalidad requerida, procurando la emoción placentera o la constancia del dolor, es también el magma original, la génesis, principio de principios, materia que existe porque vive transformándose a diario y con ello relegando la aniquilación.
Palabra emoción, palabra placer, palabra dolor, palabra creación, seminal y uterina, palabra obra, la mayor invención de la especie desde su creación, el logro supremo engendrado en el caldo primigenio, durante una gestación miles de veces milenaria y aún vigente.
En un forcejeo infinito la palabra fue pulsando su aguante, aquel palpitar de la savia, cuando en una latencia de espejismo, fue mutando sus vibraciones abisales por las señas y atisbos con los cuales se logra rasguñar la eternidad e ir abriendo surco en el tiempo de piedra.
Y aquí está la palabra, aquí sigue, justo cuando las distancias de la modernidad son cada vez más abismales, a pesar de sus instrumentos de aproximación ilusoria e instantánea. Cuando la voracidad del poder y sus reacciones en cadena son ya un apremiante fin e inevitable. Cuando la aritmética de la avaricia cunde convirtiendo a las personas en guarismos y lo que cuenta, lo único que cuenta, son las cuentas de nuestra degradación.
De allí que no tengamos ninguna alternativa distinta a la de vivir creando gracias a la palabra. Palabra puente. Palabra hombre. Palabra mujer. Palabra obra, las más divina de todas, por convocarnos y permitirnos seguir siendo.
Luis Alberto Díaz Martínez
Promotor cultural y escritor
Cali-Colombia
* De mi libro inédito "Ensayos en la red y otras virtualidades".